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Extraño Exoplaneta Extragaláctico


Descubierto por el astrónomo John Setiawan en noviembre del 2010, el HIP 13044 b está a 2.000 años-luz del Sistema Solar en la Constelación de Fornax.
De acuerdo con las teorías evolucionarias este exoplaneta tiene origen extragaláctico y formó parte de la Vía Láctea cuando su galaxia se fusionó con la nuestra hace de 6 a 9.000 millones de años.
Los remanentes de dicha galaxia forman la Helmi Stream.

El estudio que llevó al descubrimiento del planeta fue realizado por un equipo del Instituto Max Planck de Astronomía. Rainer Klement, del Instituto Max Planck, dijo que el descubrimiento es emocionante para los astrónomos porque es la primera vez que un sistema planetario, ha sido descubierto en una corriente estelar de origen extragaláctico.

El planeta fue descubierto usando el telescopio de 2,2 m MPG/ESO con base en tierra en el Observatorio Europeo del Sur de La Silla, Chile, con el método de velocidad radial, que consiste en detectar las pequeñas oscilaciones de una estrella causado por un planeta que tira de él.

El descubrimiento del planeta también puede sugerir la necesidad de replantear cuestiones en formación planetaria y la supervivencia, ya que es el primer planeta descubierto que gira alrededor de una estrella que es a la vez muy antigua y muy pobre en metales. El planeta entonces desafía el modelo de acreción del núcleo en la formación planetaria, ya que puede ser poco probable que un núcleo planetario de suficiente masa se haya formado, y puede significar que se formó a través del modelo de disco inestabilidad, que es el modelo competencia de la formación planetaria.

La estrella del planeta, HIP 13044, gira un poco veloz, tal vez porque se había tragado a sus planetas interiores durante la fase de gigante roja. Tiene una órbita galáctico-excéntrica, con una distancia de 7 a 16 kiloparsecs.

La estrella HIP 13044 se encuentra en las etapas finales de su vida como una estrella de la rama horizontal, fusionando el helio en su núcleo. Es probable que el planeta órbitaba más lejos de la estrella antes de su fase de gigante roja, y llegó a su actual ubicación debido a la fricción e interacciones con la envoltura de gas externo de la estrella. Como la estrella se espera se someta a una nueva fase de expansión antes de convertirse en una enana blanca, el destino final del planeta es incierto.

A continuación se aprecia una impresión artística que muestra a HIP 13044 b, un exoplaneta orbitando una estrella que entró en nuestra galaxia, la Vía Láctea, desde otra galaxia. Este planeta de origen extragaláctico fue detectado por un equipo europeo de astrónomos utilizando el telescopio MPG / ESO de 2,2 metros en el Observatorio La Silla de ESO en Chile. El planeta, similar a Júpiter es particularmente inusual, ya que se encuentra orbitando una estrella que está cercana al final de su vida y podría estar a punto de ser devorado por ella, dando pistas sobre el destino de nuestro propio sistema planetario en un futuro lejano.

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El Grupo Galáctico Local


Un aspecto muy importante de la astronomía extragaláctica es el estudio de la distribución de las galaxias en el Universo. Desde las primeras observaciones de nebulosas, los astrónomos se dieron cuenta que la distribución de las galaxias no era en absoluto homogénea. Al contrario, éstas tienen una fuerte tendencia a reagruparse para formar conjuntos, cuya población y tamaño son muy variables. Estas reagrupaciones se clasifican en dos categorías: un grupo, cuando el conjunto contiene menos de una centena de miembros, y un cúmulo, por encima de este umbral.

Las galaxias cercanas se atraen por efecto de su gravedad y se agrupan en cúmulos. Los cúmulos más pequeños se llaman grupos. Nuestra galaxia pertenece a uno de estos grupos: el llamado Grupo Local.

El Grupo Local tiene un diámetro de 4 millones de años-luz y reúne unas 40 galaxias. Se trata de un cúmulo todavía joven que forma parte de una estructura todavía mayor, llamada Supercúmulo de Virgo.

El Grupo Local tiene tres galaxias principales en forma de espiral: Andrómeda, Vía Láctea y Triángulo. El resto son galaxias enanas que orbitan en torno a estas tres grandes y se llaman galaxias satélite.

1) Galaxia principal: Andrómeda
Galaxias satélite:
Andrómeda I, II, III, IV, V, VI, VII, M32, M110, NGC185, NGC147.

2) Galaxia principal: Vía Láctea
Galaxias satélite:
Nubes de Magallanes, Can Mayor, SagDEG, Osa Menor, Draco, Carina, Escultor, Fornax, Tucana, Sextans, Leo.

3) Galaxia principal: Triángulo
Galaxias satélite:
Piscis, Andrómeda II (orbita cercana a Triángulo y Andrómeda).

Andrómeda es la galaxia más grande y brillante del Grupo Local. Está a 2,5 millones de años-luz de la Tierra y puede verse a simple vista desde el hemisferio sur. Es el objeto más distante observable a simple vista desde la Tierra. Su gravedad atrae a la Galaxia del Triángulo, que podría estar girando a su alrededor. También atrae a la Vía Láctea, y en el futuro están destinadas a chocar.


La Vía Láctea en el Grupo Local

La Vía Láctea es la segunda galaxia más grande del Grupo Local. Aún así, es la mitad del tamaño de Andrómeda. Sin embargo, podría ser la más masiva, ya que un estudio reciente afirma que nuestra galaxia es un 50 % más masiva de lo que se creía anteriormente.
Las galaxias del Grupo Local más cercanas a la nuestra son Can Mayor y la Galaxia Enana Elíptica de Sagitario o SagDEG.
La Pequeña y la Gran Nube de Magallanes son dos galaxias enanas que actualmente están chocando con la Vía Láctea y en el futuro pasarán a formar parte de ella.


Los Cúmulos de galaxias

Alejándose del Grupo Local, encontramos otros grupos de galaxias como el nuestro, pero también conjuntos mucho más grandes, cúmulos de galaxias, que pueden tener millares de miembros. El más próximo del Grupo Local es el cúmulo de Virgo. Está situado a 50 millones de años-luz, contiene más de 2000 galaxias visibles desde la Tierra, de todos los tipos posibles, y posee un diámetro del orden de 15 millones de años-luz. La forma global del conjunto, que no está bien definida, se califica de cúmulo irregular.

Algunos cúmulos presentan una distribución mejor definida, por ejemplo, esférica, y se llama entonces cúmulo regular. El más próximo de la Vía Láctea es el cúmulo de Coma, situado a 320 millones de años-luz. Contiene más de mil miembros visibles, casi únicamente galaxias elípticas o lenticulares, y posee un diámetro de cerca de 20 millones de años-luz.

Tengamos en cuenta que el número de galaxias indicado anteriormente sólo se refiere a las galaxias observables desde la Tierra. Estos cúmulos contienen, como el Grupo Local, galaxias irregulares o elípticas enanas, que son muy poco luminosas para ser observadas. Existen, no obstante, y llevan la población de estos cúmulos a varios miles de miembros, o incluso más de diez mil.

Otro punto común de estos cúmulos, es la presencia en su centro de galaxias elípticas gigantes, tres para Virgo, dos para Coma. Estas galaxias son el fruto de lo que se llama canibalismo galáctico. En efecto, alrededor de estas gigantes gravita un enjambre de galaxias ordinarias. Cuando una de ellas se acerca demasiado a la galaxia central, no puede escapar de su atracción gravitacional y se deja tragar. Con el tiempo, las galaxias centrales acumulan cada vez más materia y acaban por alcanzar tamaños gigantescos.

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Los Viajes Interestelares e Intergalácticos


Es oficial. Ya sabemos que existe al menos un planeta en Alfa Centauri, la estrella más cercana al Sol. Y, teniendo en cuenta que en realidad Alfa Centauri es un sistema formado por tres estrellas, lo más probable es que existan muchos más. Desde que conocimos la noticia del descubrimiento, son muchos los que se preguntan cuánto tardaríamos en viajar hasta Alfa Centauri para ver el nuevo planeta con nuestros propios ojos. O mejor dicho, con los ojos de nuestros emisarios robóticos.

Me gustaría decir que es posible llevar a cabo una misión a la estrella más cercana con una duración de veinte o treinta años. Mucho tiempo, sí, pero inferior a la vida media de un ser humano. Me gustaría decirlo, pero estaría mintiendo. Lo siento, amigos, pero no hay atajos. El viaje interestelar es realmente difícil, una hazaña propia de especies realmente evolucionadas y no apta para pequeños simios agresivos con aires de grandeza. Ajo y agua. Aunque, pensándolo bien, quizás no esté todo perdido. Analicemos las opciones disponibles con más calma.


El abismo del espacio interestelar

El objeto humano más veloz que hemos lanzado fuera del Sistema Solar es la Voyager 1. Esta venerable sonda se aleja del Sol a una velocidad de 17,4 km/s, o sea, unos 540 millones de kilómetros al año. Pero Alfa Centauri está a 4,37 años luz -ó 272000 unidades astronómicas (UA)-, una cifra que se reduce a 4,24 años luz en el caso de la pequeña Próxima Centauri. A esta velocidad, la Voyager 1 tardaría unos 76000 años en llegar a Alfa Centauri, suponiendo que viajase hacia ella (que no lo hace). Huelga decir que la Voyager no es un vehículo interestelar muy adecuado.

La luna Pandora de la película Avatar giraba alrededor de Polífemo, un mundo en órbita de Alfa Centauri A. Aún no sabemos si hay mundos habitables en Alfa Centauri, pero la presencia de planetas de más de 10 masas terrestres parece descartada.

Con la tecnología disponible sería posible enviar una nave fuera del Sistema Solar cinco o diez veces más rápida que la Voyager 1. Las propuestas serias de la NASA para construir sondas ‘interestelares’ capaces de estudiar la Nube de Oort o la heliopausa prevén alcanzar una distancia de 150000 millones de kilómetros en quince o treinta años. Bueno, parece que vamos progresando… hasta que nos damos cuenta que esa distancia no llega al 2% de un año luz. Seguimos igual que al principio.

Para llegar a Alfa Centauri dentro de un tiempo aceptable, las velocidades que tenemos que alcanzar deben superar los diez mil kilómetros por segundo. A esa velocidad llegaríamos en 130 años, lo que puede suponer algún engorro que otro teniendo en cuenta la mala costumbre que tenemos la mayoría de seres humanos de morirnos antes de los cien años. Si viajamos a 25000 km/s, el tiempo de vuelo se reduce a 50 años. Medio siglo no está nada mal para un viaje interestelar, por lo que ésta debería ser la velocidad que debemos proponernos alcanzar, todo un reto si recordamos que la Voyager 1 se mueve a menos de 18 km/s.

Está claro que no nos queda más remedio que usar sistemas de propulsión distintos a los habituales, así que mejor nos vamos olvidando de la propulsión química convencional empleada por los cohetes corrientes. ¿Por qué? Pues porque si queremos alcanzar el 1% de la velocidad de la luz (3000 km/s) usando cohetes químicos convencionales necesitaríamos 1026 kg de combustible por cada kg de masa de la nave. O sea, muestra nave terminaría por tener cien veces la masa de la Tierra (!).

Por otro lado, si queremos viajar a Alfa Centauri en este siglo debemos hacer ciertos sacrificios. Por ejemplo, olvidémonos de naves tripuladas. Las sondas automáticas serán infinitamente más baratas y resistentes. Además, podemos concebir una misión que se limite a sobrevolar el sistema de Alfa Centauri sin necesidad de frenar y entrar en órbita alrededor de una de las dos estrellas principales, lo que supondría un gasto energético prohibitivo.

Bien, vayamos al grano, ¿qué sistemas de propulsión podemos usar? Basta con echar un vistazo a la Wikipedia para ver que es muy fácil encontrar decenas de sistemas de propulsión para llevar a cabo un viaje interestelar. Sin embargo, no todos son igual de viables, así que lo mejor será dividir las técnicas de viaje interestelar en ‘posibles’ (en principio realizables con las tecnologías existentes, aunque habría que desarrollarlas mucho más), ‘poco probables’ (prometedoras, pero con alguna pega grave) y ‘ciencia ficción’ (imposibles de llevar a cabo con la tecnología disponible a largo plazo). Por motivos obvios de espacio, nos limitaremos a esbozar las características principales de cada sistema.


Sistemas de propulsión posibles

Propulsión iónica y nuclear térmica

La propulsión eléctrica -iónica o de plasma- se usa actualmente en varias naves espaciales y permite alcanzar un impulso específico -eficiencia- de varios miles de segundos. La propulsión térmica nuclear le sigue un poco más atrás. Estos sistemas de propulsión no están nada mal para viajar por el Sistema Solar, pero tardaríamos 40000 años en llegar a Alfa Centauri. No, mejor descartamos estas opciones.

Vamos a suponer que, a pesar de las quejas de muchos críticos, el VASIMR del ex astronauta Franklin Chang Díaz es viable. En ese caso, una nave con VASIMR tardaría ‘solamente’ 2200 años en llegar a Alfa Centauri. ¿Que es mucho? Vale, también descartamos este sistema.


Velas solares

Aquí ya empezamos a movernos en territorio interesante. Una vela solar en el lenguaje de los vuelos interestelares no es una simple vela fotónica como la Ikaros japonesa. El adjetivo ‘solar’ tiene un motivo. Una vela solar consiste en una enorme estructura con forma de paracaídas que, al igual que una vela fotónica, usaría la presión de radiación de la luz solar -y no la del viento solar como a veces se cree de forma errónea- para acelerar la nave hasta velocidades de escape del Sistema Solar. Pero para aprovechar este sistema es necesario desplegar la vela cerca del Sol y mucho.

Suponiendo que en las próximas décadas seamos capaces de construir velas gigantes ultraligeras capaces de soportar más de 60 g de aceleración y miles de grados celsius, una vela solar podría viajar hasta Alfa Centauri en mil o dos mil años. Sigue siendo mucho, pero se puede combinar este sistema con otros para disminuir el tiempo de vuelo. Por ejemplo, la propuesta Medusa de los años 90 unía la propulsión nuclear por pulsos con una vela solar. Además, una vela solar podría ser usada por una nave interestelar para visitar Próxima Centauri y maniobrar después para viajar a Alfa Centauri A o Alfa Centauri B.


Propulsión nuclear por pulsos

Popularizado por el Proyecto Orión de los años 60, este sistema parece una locura, pero lo cierto es que las tecnologías asociadas ya han sido probadas. Una nave nuclear por pulsos se mueve detonando artefactos nucleares a poca distancia del vehículo. La onda expansiva es absorbida por una placa especial con amortiguadores, la cual transfiere parte de la energía a la nave de tal forma que ésta acelera de forma constante. Orión era un vehículo muy prometedor para viajar por el Sistema Solar, pero para trayectos interestelares este sistema no resulta tan atractivo.

Para empezar, habría que usar cerca de 300000 artefactos de fusión -y no de fisión como en la versión interplanetaria-, lo que muy posiblemente supere nuestras posibilidades tecnológicas. Una Orión interestelar tripulada debería tener una masa del orden de 400000 toneladas (!) y una placa de cien metros de diámetro. E incluso con estas monstruosas dimensiones tardaría unos 150 años en llegar a Alfa Centauri. No está mal para una nave generacional, pero no parece ser lo más adecuado para una misión de reconocimiento automática. Aún así, es un sistema a tener en cuenta si lo unimos a otras formas de propulsión.


Velas láser

Las velas láser son un caso concreto de sistemas de propulsión mediante haces de energía. Básicamente, consisten en una vela fotónica gigante propulsada no por la luz del Sol, sino mediante un conjunto de rayos láser superpotentes situados en órbita terrestre o solar. Existen varias versiones de este sistema, algunas empleando máseres o haces de partículas en vez de láseres, o con velas de material fisible. Si dispusiéramos de un conjunto de láseres espaciales de 25 gigavatios de potencia podríamos mandar una nave de 100 kg (de los cuales 33 kg serían la carga útil y el resto la vela) hasta Alfa Centauri en solamente 40 años.

Los láseres deberían funcionar constantemente durante las cuatro décadas que duraría la misión y la vela se limitaría a sobrevolar el sistema, pero evidentemente estamos ante una forma de propulsión que está dentro de las posibilidades tecnológicas de nuestra civilización. Claro que 100 kg es muy poco, pero si usamos una nave un poco más masiva, el tiempo de vuelo se dispararía hasta los cien años si no incrementamos la potencia de los láseres. Aún así, es el método más prometedor a corto, medio y largo plazo. Y como bola extra, se pueden construir velas láseres por etapas -propuestas por Robert L Forward- capaces de frenar antes de llegar a su objetivo, aunque en este caso las dificultades tecnológicas son considerables.


Sistemas de propulsión poco probables

Naves de fusión nuclear

La fusión nuclear es uno de los sistemas de propulsión preferidos para los viajes interestelares, tanto en la realidad como en la ficción. Los famosos proyectos Daedalus e Icarus se basan en este sistema. Otras propuestas, como el Proyecto Longshot de los años 80, usan un diseño de nave de fusión junto con otros sistemas. No obstante, y por mucha fama que tengan, lo cierto es que nadie sabe cómo construir un motor de fusión operativo. Diseños hay muchos (motores de fusión continua, fusión por pulsos, fusión mediante haces láser o haces de electrones, fusión por confinamiento magnético, etc.), pero ninguno ha pasado la fase conceptual sobre el papel.

Al igual que la fusión controlada en reactores terrestres, los motores de fusión parecen estar a la vuelta de la esquina, pero nada indica que sea así. Para complicar las cosas, la eficiencia de un motor de fusión depende fuertemente del combustible usado: deuterio, tritio o helio-3. Las reacciones de deuterio con helio-3 son las más eficientes, pero el problema radica en que el helio-3 es un isótopo muy, pero que muy escaso. Extraer el helio-3 de Júpiter o la Luna, como se ha propuesto en repetidas ocasiones, no parece ser una opción práctica, ni tampoco barata.

Los reactores de fusión terrestres usan deuterio y tritio como combustible, pero esta reacción genera neutrones que no pueden ser dirigidos para propulsar un vehículo espacial, además de crear un serio problema de radiactividad inducida (las reacciones He3-deuterio generan protones, cuya carga eléctrica los hace más dóciles). En cualquier caso, una nave de fusión por etapas como Daedalus tardaría unos 30 años en llegar a Alfa Centauri (el objetivo inicial era la estrella de Barnard, por entonces -los años 70- la única estrella en la que se sospechaba que podían existir planetas).


Antimateria

La antimateria se aniquila con la materia ordinaria liberando radiación pura. La reacción es tan eficiente que unos pocos kilogramos de antimateria nos permitirían llegar a otras estrellas. Se puede crear un sistema de propulsión que aproveche directamente la luz y las partículas resultantes de la aniquilación -el llamado ‘cohete fotónico’- o bien para calentar un fluido propulsivo (agua, metano, hidrógeno, etc.). El gran inconveniente es que carecemos de la capacidad de producir grandes cantidades de antimateria y además nadie sabe cómo almacenarlas de forma segura durante décadas. Muchos lo consideran un sistema de propulsión de ciencia ficción, pero he preferido dejarlo en esta categoría porque lo cierto es que cada día se crea antimateria en varios aceleradores a lo largo del mundo, aunque sea en cantidades ínfimas. Además, ciertos conceptos de naves interestelares (AIMStar o ICAN-II) hacen un uso más racional de la antimateria, mezclándola con sistemas ‘normales’ de fusión o fisión.


Sistemas de propulsión de ciencia ficción

El estatocolector de Bussard es sin duda la nave espacial más imponente concebida por la mente humana. Capaz de utilizar el hidrógeno interestelar como combustible inagotable para su motor de fusión, en principio no hay límites a lo que esta nave podría conseguir. ¡Incluso viajar al otro extremo del Universo! No es de extrañar que sea uno de los conceptos favoritos de los escritores de ciencia ficción (como en la mítica Tau Zero de Paul Anderson). Pero las dificultades asociadas también parecen ser de ciencia ficción. Tanto que son muchos los que creen que este sistema es simplemente una quimera. Otras versiones de estatocolector más modestas, como el Augmented Interstellar Rocket (RAIR), podrían ser viables para una civilización más avanzada como la nuestra, pero no para nosotros. El estatocolector de Bussard es una nave para dioses, no para simples mortales.


Star Trek

En esta categoría entran los agujeros de gusano, los sistemas de propulsión superlumínicos y todos los mecanismos de distorsión del espacio-tiempo (o warp). Lo sentimos, pero hasta que se demuestre lo contrario, la relatividad de Einstein es sagrada.


Los Carros de los dioses

Entonces, ¿cómo viajamos a Alfa Centauri? En principio, y hasta que los motores de fusión sean viables, una vela láser o una nave de pulsos nucleares tipo Orión parecen ser las únicas opciones realistas a corto plazo (y con ‘corto’ quiero decir ‘en este siglo’). Por supuesto, se pueden combinar varias de estas técnicas para obtener una misión aún más rápida, pero lo cierto es que la elección del sistema de propulsión definitivo depende de avances en muchas tecnologías claves que aún no han tenido lugar. Otro motivo más para ir empezando su desarrollo.

La nave Venture Star de la película Avatar usa una combinación de vela láser y motor de antimateria, además de hibernación para la tripulación.

Incluso si no descubrimos planetas -o lunas como Pandora- en la zona habitable de los astros del sistema de Alfa Centauri, un viaje a la estrella más cercana es un desafío de primera magnitud para la humanidad. Un desafío que nos permitiría entender mejor los procesos de formación planetaria en la Vía Láctea y, de paso, a nosotros mismos.

Como dijo Carl Sagan, para cuando seamos capaces de visitar otras estrellas, habremos cambiado. Solamente una especie madura y realmente inteligente será capaz de enfrentarse al enorme abismo del espacio interestelar y superarlo. Si queremos sobrevivir en la inmensidad del Universo y no caer en el olvido, la humanidad debe viajar a las estrellas. En nuestras manos está hacer realidad este sueño. ¿Seremos capaces de afrontar el desafío?

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La Carrera Espacial Interplanetaria


Aprovechando que esta semana es la Semana Mundial del Espacio y que el tema de este año es “Marte y su exploración” recordamos lo que ha sido la exploración marciana a lo largo de la historia espacial. En esencia, una larga lista de vehículos espaciales perdidos y un puñado de revolucionarios éxitos, dentro de lo que se ha dado en llamar "la nueva carrera espacial", esta vez una carrera interplanetaria.

Marte lleva entre ceja y ceja de los humanos desde hace mucho tiempo. Las dos grandes potencias que han explorado el Planeta Rojo han sido Estados Unidos y la URSS / Rusia, aunque posteriormente se unió a esta carrera Europa. Y, para ser sinceros, los resultados no han sido todo lo buenos que podrían haber sido. Sobre todo para Rusia.

Todo comenzó en octubre de 1960, es decir, nueve años antes de la llegada del hombre a la Luna, cuando la URSS lanzó las sondas Marsnik 1960 A y B con el objetivo de sobrevolar Marte, pero fallaron en el lanzamiento. También se cuentan por fallos los siguientes intentos rusos: Sputnik 22, Mars 1, Sputnik 24 y Zond 1964 A.

Al igual que el último intento ruso, en 1964, Estados Unidos se unió a la exploración de Marte con la Mariner 3, pero corrió el mismo destino que sus rivales soviéticos. No obstante, días después, el 28 de noviembre de 1964, se lanzó la Mariner 4 logrando su objetivo: un vuelo cercano sobre el Planeta Rojo. Dos días después del lanzamiento de la Mariner 4, la URSS lanzó su sonda Zond 2, pero corrió el mismo destino que sus compañeras.

Punto para los americanos.

Ya en 1969, Estados Unidos lanzó las sondas Mariner 6 y 7, cumpliendo sus objetivos de sobrevuelos a Marte. Ese mismo año la Unión Soviética lanzó otras dos sondas, pero el resultado no varió: fracasaron.

Después, tras dos intentos fallidos (uno estadounidense y otro soviético), en 1971 Estados Unidos lanzó con éxito la Mariner 9, consiguiendo nuevamente su objetivo de sobrevolar el planeta vecino. Ese mismo año, la Unión Soviética lanzó su Marsnik 2, que aunque falló en su intento de aterrizaje, fue el primer objeto humano en tocar superficie marciana. Días más tarde, el 2 de diciembre de 1971, la Unión Soviética hizo aterrizar de forma suave el Marsnik 3, que aunque tan sólo funcionó unos segundos, inició la exploración de Marte mediante vehículos; primero con los llamados Lander y posteriormente con los Rover.

Punto para los soviéticos.

Tras cuatro éxitos relativos posteriores del programa Marsnik, llegó el momento de las exitosas Viking 1 y 2 estadounidenses, los landers que aterrizaron suavemente en el año 1976, consolidando a Estados Unidos como la gran potencia de la exploración marciana.

Pasaron trece años hasta que se volvieron a lanzar sondas a Marte. Fue la Unión Soviética cuando en 1988 enviaron las sondas Phobos 1 y Phobos 2 con más pena que gloria, ya que no hicieron más que aumentar la larga lista de fracasos soviéticos en la conquista del Planeta Rojo.


Varios puntos a favor de Estados Unidos frente a Rusia

En la década de los años 90, sólo hubo un intento de la actual Rusia con la Mars 96. Se pueden imaginar el resultado: fracasó. Estados Unidos también lo intentó con seis lanzamientos, teniendo dos éxitos (Mars Global Surveyor y Mars Pathfinder con el rover Sojourner) y cuatro fracasos (Mars Observer, Mars Climate Orbiter, Mars Polar Lander y Deep Space 2). Además, en esta década se unió Japón a la carrera espacial marciana con la sonda Nozomi, pero como es difícil acertar a la primera... fracasó.

Es evidente que los estadounidenses han tenido mucho más acierto pero, a pesar de los fracasos soviéticos, nadie les podrá quitar el honor de ser los primeros en posar un artefacto de fabricación humana en el Planeta Rojo. Eso sí, con la llegada del Sojourner en 1997 se inició la exploración robótica de Marte, la época dorada de los rover marcianos, con el Spirit y el Opportunity que amartizaron en el 2004 y recorrieron la superficie del planeta durante años; dicha era robótica que llega hasta nuestros días, cuando el rover Curiosity merodea por la superficie marciana desde el año 2012 enviándonos inédita información.

Las últimas semanas del año 2014 han sido especialmente intensas para la exploración espacial. El módulo Philae, de la ESA (Agencia Espacial Europea), se convertía en el primer ingenio humano en posarse en un cometa, tras separarse de la sonda Rosetta, lanzada hace una década. Y la NASA logró completar con éxito el primer vuelo de prueba de la cápsula Orión, en lo que el propio director de la agencia espacial estadounidense NASA, Charles Bolden, calificó como "el principio de la era de Marte".

Con una forma similar a la de las naves Apolo que nos llevaron a la Luna, Orión tiene capacidad para transportar, esta vez a cuatro astronautas, y supone una importante materialización de la apuesta más ambiciosa del ser humano hasta ahora en su deseo, o necesidad, de explorar otros mundos; el primer paso para enviar una misión tripulada al Planeta Rojo a partir del año 2030.

La necesidad de explorar con seres humanos, no obstante, sigue siendo esencial para muchos otros científicos. El astrónomo Ian Crawford, por ejemplo, destaca el contraste entre lo "relativamente poco" aportado por el robot Opportunity desde que se posó en Marte en 2004, y lo conseguido por los tres astronautas de la misión Apolo 17 durante los tres días que pasaron en la Luna: "Recorrieron más de 30 kilómetros en la superficie lunar, lograron perforar un agujero de tres metros, dejaron funcionando un montón de instrumentos y trajeron a la Tierra 76 kilos de rocas para ser estudiadas".


La carrera espacial en el siglo XXI

Con o sin seres humanos, lo cierto es que el interés por la exploración espacial ha experimentado un notable auge en los últimos años, a pesar de la crisis económica global que lleva atenazando al planeta desde hace aproximadamente una década. Además, la carrera espacial hace tiempo que dejó ser exclusiva de las grandes potencias tradicionales (EE UU, Rusia, y, más tarde, Europa). Otros países (India, China, Japón) han empezado ya a hacer historia más allá de nuestro planeta, con el consiguiente crédito político y propagandístico.

Desde el mes de septiembre del 2014, por ejemplo, la sonda india Mangalyaan orbita en torno a Marte, todo un hito si consideramos que esta misión ha convertido a la India en el primer país de Asia y el cuarto del mundo que consigue llegar hasta allí, y en el único que lo ha logrado en el primer intento. Mangalyaan es, además, una de las misiones interplanetarias más baratas de la historia, con un presupuesto "low cost" de 74 millones de dólares, frente a los 671 millones de la misión Maven, de la NASA, que llegó hasta la órbita marciana 48 horas antes.

De los 51 intentos para alcanzar Marte realizados hasta ahora, solo 21 han tenido éxito. La duración total del proyecto indio fue de tres años, incluidos los nueve meses que le tomó al Mangalyaan alcanzar Marte. La última misión marciana de la NASA necesitó seis años. EE UU acumuló cuatro fracasos y Rusia dos antes de culminar con éxito sus misiones al Planeta Rojo. China y Japón no lo han conseguido aún. Japón lo intentó en 1998, pero su satélite se perdió en el espacio en 2003. China lanzó un satélite a Marte en 2011 en una misión conjunta con Rusia, pero tampoco alcanzó su objetivo.


2016, año clave para la carrera espacial

Actualmente 15 misiones permanecen activas transmitiendo datos desde planetas, lunas y cuerpos celestes más pequeños. Con el proyecto de la NASA de enviar una misión tripulada a Marte en el horizonte, 2016 será un año clave para el futuro de la industria espacial. En marzo, Europa iniciará su primera aventura en el Planeta Rojo con el proyecto Exomars, que prevé el lanzamiento de un satélite para estudiar la atmósfera de Marte y un robot que tomará muestras de su superficie.

Con respecto a las misiones tripuladas a Marte, destacan principalmente el proyecto de Mars Direct del ingeniero aeroespacial Robert Zubrin, quien es el autor del libro The Case for Mars de 1987 y director de Mars Society, prevee un viaje a Marte en el año 2017; el proyecto Cycling Pathways to Mars del ex astronauta Buzz Aldrin, de la primera tripulación que alunizó en 1969 con el Apolo 11, prevee una serie de viajes a Marte comenzando en el año 2020 a 2024 y el proyecto de SpaceX del empresario aeroespacial Elon Musk que prevee una primera misión no tripulada del Red Dragon Lander para el año 2018 y luego la primera misión tripulada de una nave Red Dragon Lander en el año 2020.

Como dijo Stephen Hawking, probablemente el científico más popular cuando se trata de mirar al cosmos: "Las misiones con robots son mucho más baratas y nos proporcionan más información, pero no logran atrapar la imaginación de la gente del mismo modo, y tampoco son capaces de extender la especie humana hacia el espacio, algo que debería ser nuestra estrategia a largo plazo."

Estas son las claves del relanzado proyecto de enviar seres humanos a Marte, y del efervescente momento que vive actualmente la exploración espacial.

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